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María José Cruces no tenía nombre de puta, pero era la ramera que más tráfico paraba en la calle de mala muerte en donde con creces había pagado su derecho de piso.

Al revés que todas las demás no recordaba tener madre, y cuando desaparecía el alcohol de sus venas la memoria le mostraba un viejo ajado al que por vergüenza había dejado de ver cuando perdió la cuenta de los hombres que entraban y salían del cuartucho en donde casi no se podía respirar.

Su mirada cínica no pasaba desapercibida por nadie, y era un imán que centellaba en sus pupilas cuando se acercaba descarada a cerrar un trato después de otro apoyando los codos en la ventana del auto que le traía un cliente más.

El sexo feo, frío y automático como un reloj digital, le inundaba la vida, le llenaba los bolsillos y le vaciaba el alma sin parar.

No recordaba tener corazón, solo creía reconocer un juguete de curvas rojas al que le daba cuerda con la papeleta que le daba el jíbaro después del trueque habitual.

Quiso escapar de la muerte cuando la vio venir disfrazada de metal en medio de la noche sucia de riña, lluvia y barro. Tenía las piernas líquidas y  en su mirada flotaba  la tristeza como un pálido farol, al sentir la puñalada que le quitaba a la fuerza la vida se tocó el pecho, atónita,  con una sonrisa inventada.

Después de todo, pensó al ver la sangre que salía enfurecida, aquí está mi corazón.

©fdL2010